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jueves, 30 de agosto de 2012

Un camino de doble mano

Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el pámpano no puede llevar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer. Juan 15.4–5

Ni bien la rama es quitada de la planta, se seca y muere. No puede subsistir por si sola, y mucho menos podrá llevar fruto. Todos los elementos que necesita para la vida están en la vid. No puede almacenarlos, ni tampoco desarrollar la capacidad de eventualmente proveer para sus propias necesidades. Su única esperanza es la de nutrirse de la vid, y para eso debe permanecer en ella.
Cristo llamó a los discípulos a permanecer en él, porque sin él no podían hacer nada. Es importante que notemos lo categórico de esta frase. No es que, separados de él, las cosas van a ser más difíciles, o que los logros serán insignificantes. Cristo les dijo que no habría una sola cosa que podrían realizar si no estaban unidos a él.
¿Qué significa, entonces, este «permanecer» en él? La rama tiene una relación continua con la planta. No se encuentra con la vid una vez por día, o dos veces por semana. Se nutre de la vid en todo momento. De manera que «permanecer», en su sentido más sencillo, implica abrirse a cada paso a la vida que Cristo quiere producir en nosotros. Es poner toda la atención y el enfoque en él, buscando que él sea el todo de nuestra existencia.
Cristo, sin embargo, añadió otra condición para dar fruto. Le señaló a los discípulos que también era necesario que él permaneciera en ellos. En esto vemos claramente que la relación no depende enteramente de nosotros. Muchas veces, con nuestra lista de actividades que intentan cultivar una vida espiritual, creemos que estamos permaneciendo en él. Mas Cristo dijo que todo esto tendría poco valor si él no permanecía en nosotros.
¿Y cómo permanece él en nosotros? Él les dijo «Si permanecéis en mí y mis palabras permanecen en vosotros» (Jn 15.7), dando a entender que se trataba no solamente de buscarlo, sino de prestar atención a lo que él quería decirnos. En el caso de que siguieran sin entender, añadió: «si guardareis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor» (Jn 15.10). Es decir, toda nuestra devoción, nuestra alabanza y nuestras oraciones, no tienen sentido si no están acompañadas de una vida de obediencia a él. Es en el cumplimiento de sus mandamientos que nos aseguramos que él tiene participación en nuestras vidas, y no solamente nosotros en la de él.
Debe quedar claro, entonces, que esta vida a la que hemos sido llamados no podrá prosperar si insistimos en ser nosotros los que la dirigimos. No se nos ha pedido que nos esforcemos por buscarlo, sino que dejemos que él dirija nuestra vida. Esto implica que nuestras actividades no son tan importantes como las actividades que él realiza en nosotros.

Para pensar:
«El que tiene mis mandamientos, y los guarda, ese es el que me ama; y el que me ama será amado por mi Padre, y yo le amaré y me manifestaré a él» (Jn 14.21).

miércoles, 29 de agosto de 2012

Cristo, la vid verdadera

Yo soy la vid verdadera y mi Padre es el labrador. Todo pámpano que en mí no lleva fruto, lo quitará; y todo aquel que lleva fruto, lo limpiará, para que lleve más fruto. Juan 15.1–2

Con frecuencia Israel había sido representado, en el Antiguo Testamento, como una vid. En la mayoría de los casos, sin embargo, esto no constituía ningún halago, pues los profetas casi siempre la habían denunciado por la pobre calidad de su fruto. Cristo declaró a sus discípulos que él era la vid verdadera. Él es la planta de la cual se nutre toda rama, todo gajo, toda hoja, todo racimo y toda uva. La iglesia no es la vid, ni tampoco lo son los pastores, ni los encargados de diferentes ministerios dentro de la congregación. La iglesia es parte de las ramas, pero lo que sostiene a todo, y está en todo, y se mueve por todos, es Cristo.
El Padre no es la vid. El Padre es el dueño de la vid y el que la trabaja. Solamente él ve la vid en su totalidad y sabe dónde necesita ser podada, dónde necesita ser apuntalada, dónde necesita que la tierra alrededor de sus raíces sea removida. Él conoce las necesidades de la vid como no pueden conocerlas los más astutos observadores humanos. El trabajo del Padre tiene el propósito de asegurar que la vid cumpla la función para la cual ha sido creada, que es producir uvas en abundancia.
Para asegurarse este resultado, el Padre realiza dos actividades fundamentales. Las ramas que no producen fruto las corta y las echa fuera. En esto, Cristo no anduvo con rodeos, sino que dejó absolutamente claro el procedimiento del Padre. La rama existe para llevar el fruto que la vid produce en ella. La rama que no cumple esa función no puede permanecer en la vid como adorno. De persistir su infertilidad, aun habiéndole proporcionado los cuidados necesarios, se la quita de la planta. Esa rama está utilizando recursos y energía que podrían ser mejor aprovechados por las ramas que sí son productivas.
Una segunda actividad del Padre tiene que ver con las ramas que producen fruto. Cristo no dijo que las ramas se comparaban entre ellas para ver cuál daba más uvas, o cuál producía la más sabrosa fruta. Tampoco dice que el Padre les da una «palmadita» por su buen trabajo en producir fruto. El Señor declaró que el padre poda las ramas que dan fruto, para que produzcan mayor fruto. Cualquier productor sabe que este proceso, que es momentáneamente doloroso, acaba fortaleciendo a la rama y a la planta en general.
Para pensar:
La analogía apunta a dos claras conclusiones. En primer lugar, no existen categorías de ramas, algunas con «llamado» y otras no. Todas las ramas, sin excepción, deben producir fruto. Ninguna rama ha sido destinada a la función de decorar. En segundo lugar, nadie se salva de la tijera de Dios, ni siquiera los que «andan bien». ¡Todos son podados! Algunos para vida, y otros para muerte.

lunes, 27 de agosto de 2012

La teología de la caja de chocolate Estudios en 1a de Corintios

Un día usted me compra una hermosa y gran caja de chocolates. Tiene de todos tipos imaginables: los hay con nueces, galletas o caramelo; algunos crujientes, otros suaves; unos con menta, otros no; los hay con pasas, con cerezas o con otras frutas; algunos son de chocolate amargo, otros de chocolate claro y otros de chocolate blanco, o hasta una mezcla. Es su amplia variedad lo que hace que sea tan impresionante, y sin duda alguna, costoso. ¡Que bello regalo!

Pero, ¿que hago? Muerdo uno y al no hallar lo que me gusta, tomo otro. No solo eso, sino que soy tan grosero como para escupir los dulces en la basura mientras usted me ve, y mi rostro refleja el disgusto. Ni siquiera me preocupo por probar los chocolates blancos antes de tirarlos. “Yo solo quiero los de chocolate amargo rellenos con nueces,” digo yo, enojado como si quisiera reprocharle a usted no haberme dado solo de esos. El chocolate gotea de mi boca mientras escupo uno a uno todos esos dulces caros. Hago fuertes ruidos de satisfacción cuando devoro uno del tipo que me gusta.

Tengo la horrible sospecha de que hacemos lo mismo con los dones divinos. Dios nos da una amplia variedad de sus dones. Envía un pastor que no es un predicador profundo pero cuya especialidad es visitar al enfermo y ayudar al necesitado. Envía gente que escribe toda clase de buenos libros. Nos manda maestros y maestras, todos distintos.

El Dios que envió a Pablo a la iglesia de Corinto también envió a Apolos, a Cefas/Pedro y a otros (3:18); rechazar a uno de los siervos fieles de Dios significa rechazar el don de Dios. ¡Que absurdo centrarse solo en Apolos y despreciar, o hasta atacar, a los dos apóstoles enviados por Dios! Quienes se complacen con el que siembra la semilla, también deben darle honor al que riega, o mejor aun, al Maestro que ha enviado tanto al sembrador como al que riega. Los partidarios de Pablo deberían sentarse a los pies de un Cefas y de un Apolos de modo que disfruten todas las riquezas de los dones de Dios.

Obviamente no estoy justificando a los maestros falsos: en este blog he hablado en contra de las versiones falsas del evangelio mesiánico y la doctrina false de rhema. En esta entrada hablo de los maestros y maestras sanos, aunque variados.

Por supuesto, en nuestra experiencia no todo el mundo es un Pablo ni un Pedro ni un Apolos. Existe una gran cantidad de maestros horribles, de escritores pobres y de pastores negligentes. ¡Es la pura verdad! Pero asegurémonos de demostrar aprecio por los dones divinos disfrutándolos tanto como sea posible. Si esto verdaderamente sucede dentro de una congregación, también pasa lo mismo en iglesia tras iglesia, en denominación tras denominación. Si somos bautistas, aprendamos tanto como podamos de nuestros hermanos y hermanas de las Asambleas de Dios. Si somos pentecostales, aprovechémonos de aquellos famosos teólogos presbiterianos. Si somos independientes, apreciemos las denominaciones y viceversa. No nos volvamos tan orgullosos que nos sea imposible admitir que otros también tienen el Espíritu de Dios.

“Así que nadie se gloríe en los hombres; pues todo es vuestro – sea Pablo, sea Apolos, sea Pedro” (3:21-22). Abramos nuestro corazón a todos los dones que Dios nos da, no solo a los que cumplen con nuestros “elevados estándares”.

“La teología de la caja de chocolate,” por Gary Shogren, Ph.D., Profesor de Nuevo Testamento, Seminario ESEPA, San José, Costa Rica

lunes, 20 de agosto de 2012

Las dimensiones de nuestro llamado

Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo. Efesios 4.11–12

Hay algunos textos en la Palabra que nos presentan lo que, hoy en día, llamaríamos una descripción de trabajo. Es decir, nos ayudan a entender cuál es la función que debe estar cumpliendo la persona que ocupa determinado rol dentro del pueblo de Dios. El pasaje de hoy es uno de esos textos, que proporcionan una clara descripción de la función de aquellos llamados a ministerios de liderazgo dentro de la iglesia.
La lista de Pablo tiene una amplitud de roles que hoy está faltando en la iglesia. Las autoridades más comunes entre nosotros son, sin duda, los pastores y maestros. La iglesia no ha sabido bien qué hacer con los demás ministerios de esta lista: apóstoles, profetas y evangelistas. Algunos grupos, por medio de un inexplicable salto exegético, creen que estos ministerios ya no son válidos. Otros muestran cierta tolerancia hacia ellos, aunque no crean los espacios necesarios para su expresión dentro del cuerpo. Esto ha obligado a los que poseen estos roles a optar por los llamados «ministerios paraeclesiásticos», que frecuentemente son el resultado de la frustrante falta de apertura de la iglesia local. En los últimos años hemos visto todo un resurgimiento de los ministerios no tradicionales de apóstol y profeta, pero sospecho que esto tiene mucho más que ver con un insaciable deseo de autoridad y prestigio, que con una genuina comprensión de la importancia que tienen para el cuerpo de Cristo.
Pablo efectúa tres afirmaciones relacionados a estos ministros en la iglesia. En primer lugar, el rol de todos ellos -y no solamente del pastor- es la capacitación de los santos. Por esto se entiende darle a los santos todas las herramientas y la formación necesarias para que ellos cumplan con el rol que se les ha asignado. Esta es una tarea que no ha sido delegada a ninguna otra persona dentro del cuerpo de Cristo, y es fundamental que los líderes lo entiendan.
En segundo lugar, la función de los santos es hacer la obra del ministerio. Es decir, actividades tales como la visitación, el servicio, el apoyo a los caídos, la atención de los nuevos, el evangelismo personal, y tantas otras cosas, deben ser responsabilidad de los santos, no de los líderes. Es en esto que encontramos el error conceptual más arraigado en la iglesia, pues los santos creen que esta es la responsabilidad del líder. Nuestro idioma refleja esta idea, pues decimos que el pastor se dedica «tiempo completo» al ministerio. En la mayoría de los casos, esto convierte a los santos en observadores pasivos.
La tercera afirmación de Pablo es que el funcionamiento adecuado de cada uno dentro del cuerpo es lo que produce su edificación. Tome nota que no dice que el pastor edifica la iglesia, sino que Cristo la edifica mientras cada uno hace lo que le corresponde.

Para pensar:
Este modelo tiene implicaciones fabulosas y un potencial que no puede ser exagerado. ¡Qué excelente momento para redescubrir el genial proyecto de Dios al establecer en la tierra la iglesia, que es el cuerpo de Cristo!

lunes, 6 de agosto de 2012

Sueñe en grande

Cuando escudriña su corazón, ¿qué desea en la vida? Deje que su mente buya. A medida que vaya dando respuestas, haga una lista de todo lo que le venga a la mente.

Quizá le gustaría ser la clase de persona que logra metas, pero siempre surgen imprevistos. No sabe cómo dar el paso siguiente hacia el logro de sus sueños.

Si se siente impulsado a hacer algo significativo, si se ha comprometido a derrotar hábitos de inercia, está en condiciones de convertir la dinámica de su sueño en acciones que logren resultados.

Desarrolle confianza propia

Uno de los sueños de Paul en la universidad fue llegar a ser un orador exitoso. Aunque muy temeroso ante la perspectiva de hablar en público, el sueño de Paul seguía en pie. Comenzó un curso de acción para conquistar su sueño.

Primero, puso por escrito algunos pensamientos y bajó a una ruidosa sala de calderas en el sótano de un edificio y cerró la puerta para que nadie lo escuchara. Imaginó que las tuberías que había en la sala eran personas que con sumo interés esperaban oírlo. El ruido de la turbina en la sala exigía que se esforzara en proyectar su voz. Comenzó con pausas vacilantes y errores, y palabras equivocadas y pronunciaciones incorrectas. Pero nada de esto importaba a las tuberías y calderas. Sólo “pedían a gritos” más y más. Día tras día siguió con esa práctica hasta que las palabras comenzaron a fluir y se diluyeron las torpezas verbales.

Segundo, buscó un instructor. Se enteró de una competencia de oratoria y decidió

inscribirse para participar. El profesor era un hábil preparador que estimuló a Paul y le mostró lo que debía hacer. Para sorpresa de todos, Paul ganó la competencia y alcanzó el quinto lugar en la nación.

La acción derrota el temor. Cuando usted decide actuar con confianza, es mucho más probable que supere el temor y convierta la dinámica de su sueño en resultados. Los resultados, a su vez, incrementarán su confianza. Por eso lo exhortamos a que determine cuál es el paso siguiente y lo dé. Descubrirá que ir avanzando hacia su sueño, aunque los pasos parezcan pequeños, va fortaleciendo su confianza.

Manténgase centrado

Encuentre formas creativas de mantener bien claro su punto focal. Fotografías en la puerta del refrigerador, canciones que lo estimulan, grabaciones que inspiran, mensajes de voz dirigidos a uno mismo, copias del «sueño de su vida» en cada habitación de la casa, son recordatorios diarios del «sueño de su vida».

Paul lleva una copia del «sueño de su vida» en la visera de su automóvil. Dice entre otras cosas: «Formar parte de lo que Dios está haciendo en cambiar el mundo, una persona a la vez». El recuerdo del «sueño de su vida» lo dinamiza durante el tedio de conducir para cumplir con una cita. Expande su visión de su «mundo». Le recuerda la importancia de cada una de las personas con las que entra en contacto. Lo desafía a seguir avanzando en la dirección de su sueño.

Visualice su éxito

Un factor muy valioso que motiva a actuar es pensar en su sueño ya hecho realidad. ¿Cómo lo ve? ¿Se permite soñar despierto acerca del «sueño de su vida»? En el caso de Walt Disney, no fue una simple jactancia afirmar: «Si lo puede soñar, lo puede hacer». Walt Disney, «vio» Disney World antes de haberlo construido.

Dé el paso siguiente

Todos los sueños exigen disciplina, que es la regulación de la conducta para actuar conforme a lo aprendido. Como dice Pat Williams, la disciplina es «hacer algo que no se desea hacer con el fin de lograr algo que se desea lograr»

No permita que lo que no puede hacer interfiera con lo que sí puede hacer.

Sueñe en grande

La Biblia—¡Es Confiable!

Si se me concediera un deseo para el pueblo de Dios, sería que todos volviéramos a la Palabra de Dios; que nos diéramos cuenta de una vez por todas que el Libro de Dios tiene las respuestas. La Biblia es la autoridad, el lugar final de reposo de nuestros cuidados, preocupaciones, aflicciones, tragedias, tristezas y sorpresas.



En un mundo de relativismo, la Biblia habla en términos de bien y mal, lo bueno y lo malo, sí y no, verdad y falso. En un mundo en que se nos estimula a hacer algo “si se siente bien,” la Biblia habla de lo que es pecado y de lo que es santo. Las Escrituras nunca nos dejan con una mirada aturdida en nuestra cara, preguntándonos sobre las cuestiones de la vida. Dice, en efecto: “Las cosas son así; y las cosas no deben ser así. Así es como se debe andar; no vayas allá.” Lo dice directamente. Provee el cimiento sólido que usted y yo necesitamos.

Pero espere. ¿Por qué este Libro califica como nuestra autoridad final? La oración más larga del Señor Jesucristo anotada en toda la Biblia está en el capítulo 17 de Juan. Mientras oraba, Jesús le dijo al Padre: “Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad” (Juan 17:17).

Estoy muy agradecido porque ese versículo consta en la Biblia. ¡Qué afirmación tan absoluta de los labios de Jesús! “Tu palabra es verdad.” En cuatro palabras hallamos la base de nuestra creencia en la veracidad, confiabilidad, y la fuente de las Escrituras. Esto no es consejo humano; es la verdad, consejo divino.

¿Qué se necesita para hacernos libres? La verdad. Sí, la verdad. Fue Jesús mismo quien prometió una vez: “conocerán la verdad, y la verdad los hará libres” (Juan 8:32, VP).

Francamente, ese conocimiento hace algo en uno. Cuando uno se da cuenta de que las letras impresas en la página que uno está leyendo son, en realidad, el mensaje de Dios, la Palabra de Dios, eso se destaca. Absolutamente único . . . en una clase propia en particular. Piénselo de esta manera: el Libro de Dios es, por así decirlo, la voz de Dios. Si nuestro Señor se hiciera visible y volviera a la tierra y hablara su mensaje, sería de acuerdo a este Libro. Su mensaje de verdad encajaría exactamente con lo que se lee en las Escrituras. Esto es la opinión, consejo, mandamientos, deseos, advertencias del Señor; su propia mente.

Así que lo que tenemos es la preservación de un texto inerrable. Dios inspiró su mensaje a los escritores humanos, quienes, sin perder su propio estilo y personalidad, escribieron la verdad de Dios bajo su control divino (ver 2 Timoteo 3:16-17; 2 Pedro 1:19-21). Y debido a que el Espíritu Santo supervisó el proceso en su totalidad, no hay absolutamente ningún error en las mismas palabras del texto original.

El punto crítico de la confianza de uno en la Biblia se relaciona directamente a la confianza de uno en la inspiración de ella. ¿Podemos estar seguros de que la Palabra de Dios está libre de error, y por consiguiente, merece nuestra confianza? Absolutamente y sin reservas.

La Biblia consiste de sesenta y seis libros, escritos por cuarenta escritores diferentes, en un período de unos 1500 años, en tres continentes, y en tres idiomas; y sin embargo la Biblia tiene un solo tema consistente y redentor: la salvación sólo por gracia mediante la fe sola en Jesucristo. ¿Cuáles son las probabilidades de tal unidad, en medio de tal diversidad, si la Biblia no fuera divina?

Para otro ejemplo, considere la arqueología. La pala del arqueólogo ha desenterrado numerosos hallazgos fascinantes que respaldan la credibilidad y confiabilidad de la Biblia. En una entrevista reciente en nuestro Insight’s Archaeology Handbook (Manual de Arqueología de Insight), el arqueólogo Bryant Wood anota:

Los hallazgos arqueológicos han revolucionado nuestra comprensión de la Biblia. Mediante los descubrimientos de la arqueología, tenemos textos antiguos que nos ayudan a comprender mejor los idiomas originales de la Biblia, así como también el mundo de la Biblia. Las personas, lugares, historia, religión y cultura material de la Biblia se entienden mejor como resultado de los hallazgos arqueológicos.

La Palabra de Dios es confiable. Es más, sigue siendo verdad hoy. Asombroso, ¿verdad? Este libro antiguo, inerrable, es confiable, incluso en el siglo veintiuno.

Es la verdad sencilla de la Biblia lo que lo mantiene a uno en calma en las situaciones más alarmantes. No es simplista, sino sencilla. La verdad profunda que la Biblia nos da es como una frazada abrigada que nos envuelve en una noche lúgubre y fría.

Permítame concluir con tres preguntas rápidas: ¿Quiere usted estabilidad? ¿Le gustaría tener perspectiva? ¿Desea tener madurez? ¡Por supuesto! Ni dudarlo. Todo eso, y mucho más, se puede hallar en la confiable Palabra de Dios. Incluso si usted pasa la mayor parte de su año cuestionando la autoridad de Dios, preguntándose en cuanto al Libro de Dios, no siga preguntándose y cuestionando.

Vuelva a esta raíz de verdad. Apóyese en ella. Empiece hoy. Le sostendrá. Le mantendrá fuerte. Calmará sus temores. Cuando se trata de la “autoridad final” en la vida, la Biblia llena los requisitos.