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miércoles, 31 de octubre de 2012

¿Estás seguro de que estás seguro?

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¿Estás seguro de que estás seguro?

Lectura bíblica: 2 Timoteo 1:9–14

Yo sé a quien he creído, y estoy convencido de que él es poderoso para guardar mi depósito para aquel día. 2 Timoteo 1:12

Ricardito tenía miedo de meterse en la cama a la noche. No se podía dormir por los pensamientos espeluznantes que le venían a la cabeza. Veía formas escalofriantes flotando por el cielo raso. Tenía miedo de que había monstruos escondidos en las sombras de su ropero. Le parecía oír que seres con gigantescos colmillos masticaban la pelusa debajo de su cama.
Créelo o no, algunos estamos obsesionados con preguntas espirituales aún más aterradoras. Nos preguntamos: ¿Soy realmente salvo? ¿Realmente ha cambiado algo en mi vida? Si soy salvo, ¿por qué no me siento distinto? O pensamos: A lo mejor no soy realmente salvo. Quizá no hice lo correcto para aceptar a Cristo.
Tema para comentar: ¿Alguna vez te preocupas de que no eres salvo?
Para Satanás, el enemigo de tu alma, cada día es una fiesta. Satanás está siempre ocupado, tratando de que tengas miedo de que la verdad no sea verdad y de hacerte dudar de tu salvación, de la verdad que realmente perteneces a Dios.
Las dudas son comunes. Pero el creyente no tiene que sentirse salvo para ser salvo, así como un millonario no tiene que sentirse rico para serlo.
En 2 Timoteo 1:12, Pablo dijo algunas cosas asombrosas de unas maneras interesantes. Dijo que “yo sé a quien he creído”, no sólo “en qué he creído”. Dijo también: “estoy convencido de que él es poderoso para guardar mi depósito”. Pablo no estaba basando su fe en hechos, sino en un amigo del que podía depender. Estaba confiando en el Dios que había dado pruebas de que era digno de confianza.
Cuando dudas si realmente eres salvo, lee Isaías 12:2 en voz alta y varias veces: “¡He aquí Dios es mi salvación! Confiaré y no temeré, porque Jehovah es mi fortaleza y mi canción, él es mi salvación”. Luego ora en voz alta esta oración basada en pasajes bíblicos:
Padre, tú eres el que me salva. Ayúdame a confiar en ti y a no tener miedo. Tú me das fuerza y me haces cantar. Ayúdame a acercarme a ti con un corazón sincero y una fe segura. Toma mi corazón y hazme saber con seguridad que el evangelio es verdad. Gracias por tu promesa de que te pertenezco a ti hoy y para siempre. En el nombre de Jesús te lo pido. Amén. (Ver Isaías 12:2; 1 Tesalonicenses 1:5; Hebreos 10:22).
PARA DIALOGAR: ¿Dudas alguna vez de que eres salvo? Dedica algo de tiempo a buscar los pasajes bíblicos adicionales mencionados en la lectura.
PARA ORAR: Señor, ¡gracias porque podemos confiarte nuestra vida ahora y siempre!
PARA HACER: Escribe la oración mencionada. Colócala donde puedas verla con frecuencia hasta que Dios te dé la seguridad de tu salvación.



McDowell, J., & Johnson, K. (2005). Devocionales para la familia. El Paso, Texas: Editorial Mundo Hispano.

martes, 30 de octubre de 2012

La otra mitad del evangelio



[caption id="" align="alignnone" width="400" caption="la otra midad del evangelio"]peces[/caption]

Si confiesas con tu boca que Jesús es el Señor y crees en tu corazón que Dios lo levantó de entre los muertos, serás salvo, porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación. Romanos 10.9–10

Es muy interesante meditar en las condiciones que Pablo establece para la salvación. Es marcada la diferencia con la «fórmula» que solemos usar para invitar a las personas a «recibir a Jesús en el corazón». En la mayoría de las presentaciones que hacemos del evangelio ponemos el acento en el hecho de que Cristo murió por nuestros pecados, pagando en la cruz el precio necesario para nuestra redención. La evidencia bíblica a favor de esta afirmación es abundante y contundente; no necesitamos presentar citas para justificar esta verdad. Lo que deseo notar, no obstante, es que la obra en la cruz es solamente una mitad del evangelio. La otra mitad del evangelio se centra en el evento más dramático de la historia: que Cristo fue levantado de entre los muertos y sentado a la diestra del Padre, desde donde reina hoy.
Cuando nuestro concepto del evangelio se centra exclusivamente en la cruz, terminamos relacionados con un Jesús histórico. El evento que nos libró del pecado ocurrió hace dos mil años, pero nos separa tanta distancia de aquella figura que caminó por los tierras de Palestina, que fácilmente se convierte en un sabio maestro que ilumina, desde la historia, nuestros pasos hoy. No podremos escapar, sin embargo, de la sensación de que estamos solos en la vida, cada uno tratando de lograr una victoria espiritual por su cuenta.
Note el marcado contraste que presenta el versículo de hoy. Pablo afirma que para ser salvos son necesarias dos cosas: en primer lugar, confesar con la boca que Jesús es el Señor. Es interesante que esta afirmación deba ser verbal y audible. Para la gente que vivía en el mundo del apóstol, declarar el señorío de alguien implicaba el reconocimiento de un amo sobre su vida. No era simplemente un gerente, un director o un guía. Era la persona que tenía derechos absolutos sobre la vida de la persona, para disponer de su tiempo y sus bienes como mejor le parecía. De más está decir que un muerto no puede enseñorearse de nadie. Por esta razón la confesión se centraba en el Cristo vivo.
La segunda condición para ser salvo se refería a creer, con el corazón, «que Dios lo levantó de entre los muertos». Note, una vez más, el énfasis en los eventos que ocurrieron después de la muerte de Cristo. Creer que fue levantado de la muerte conduce, automáticamente, a la conclusión de que ¡él vive hoy! Y esta es, en realidad, la verdadera esperanza de los que están en Cristo. «Ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí» (Gl 2.20), declaraba el apóstol en Gálatas. La vida cristiana consiste en descubrir las maneras en que el Cristo resucitado obra y se relaciona conmigo en el mundo en el que me encuentro, a inicios del siglo XXI.


Shaw, C. (2005). Alza tus ojos. San José, Costa Rica, Centroamérica: Desarrollo Cristiano Internacional.

lunes, 29 de octubre de 2012

La eficacia del amor

la eficacia del amorEn el amor no hay temor, sino que el perfecto amor echa fuera el temor, porque el temor lleva en sí castigo. De donde el que teme, no ha sido perfeccionado en el amor. 1 Juan 4.18

Un indicio de la forma incorrecta en que nos fue administrada la disciplina durante nuestra niñez es que hoy, de adultos, vemos toda disciplina con ojos negativos. En demasiadas ocasiones la disciplina que impone un padre sobre su hijo está contaminada con la ira, produciendo un efecto de castigo desmedido, en lugar de corrección y restauración. Como resultado el niño no desobedece, motivado mayormente por miedo. Si bien esta motivación puede ser medianamente eficaz durante la niñez, a medida que una persona va creciendo debería producirse un proceso de maduración en su ser interior que lleve a la obediencia por decisión propia, no impuesta.
El texto de hoy nos da una clara indicación de la razón por la cual este estado es deseable en los hijos de Dios. La obediencia por temor libra a la persona del castigo, pero carece del poder necesario para producir en su vida una transformación profunda.
Es importante que nosotros reconozcamos la clara diferencia que existe entre los dos caminos. En demasiadas congregaciones se intimida a las personas, por medio de una serie de amenazas disfrazadas de espiritualidad, para que obedezcan los deseos de los que están al frente del ministerio. Esto producirá, en un amplio sector de la congregación, suficiente temor como para garantizar actitudes de sumisión al liderazgo. Una minoría que se resiste a ser presionada de esta manera, cuestionará las intenciones de lo líderes y, con el tiempo, terminarán por irse de la congregación. El ambiente de temor en la congregación casi siempre llevará a que se tilde a este último grupo de «rebeldes».
Nuestro llamado principal no es asegurar la lealtad de la congregación a nuestra persona o a la institución a la cual pertenecemos. Hemos sido llamados a participar del ministerio de la transformación, que es la prioridad del Espíritu de Dios. Trabajamos y nos esforzamos para presentar a todo hombre «perfecto en Cristo Jesús» (Col 1.28). Es imposible llevar a cabo este cometido si los únicos instrumentos que utilizamos son la intimidación y el castigo. Esta era la herramienta preferida de los fariseos y toda una sociedad daba testimonio de la poca eficacia que tenía a la hora de producir cambios en la vida de las personas. Solamente un puñado de fanáticos podían realmente cumplir con la interminable lista de requisitos para ser «aceptables» delante de Dios.
Note, en el ministerio de Cristo, cuán eficaz era el amor. Logró la dramática transformación de un endurecido materialista como Zaqueo. Produjo el quebranto de una prostituta, despreciada y condenada, que se echó a besar sus pies en una cena pública. Trajo vida nueva a un puñado de guerrilleros cuyo idioma era el odio y la venganza. Ablandó el corazón de una mujer que había caído en adulterio. El amor es el instrumento más poderoso sobre la faz de la tierra y debe, por esta razón, ser el medio predilecto de todos aquellos que están sirviendo en el ministerio.

Shaw, C. (2005). Alza tus ojos. San José, Costa Rica, Centroamérica: Desarrollo Cristiano Internacional.

miércoles, 24 de octubre de 2012

EL EVANGELIO CAMBIA TU VIDA

Banco de Imagenes Gratuitas

Los cristianos tenemos el honor y la responsabilidad de predicar el Evangelio del Señor Jesús y transformar el mundo con Su amor. ¡Trabajar en la construcción de una nueva humanidad!

Pero tengo que ser sincero: en distintas ocasiones me cuestioné si aquel no era más que un sueño irrealizable. Me preguntaba: -“¿Cómo lograr que el mundo conozca al Señor? ¿De qué manera podemos transformar la cultura? ¿Qué tengo que hacer para que mi vida sea un instrumento útil en las manos de Dios?” Y en mi búsqueda por encontrar las respuestas, llegó a mi conocimiento la conmovedora historia de Demetrio…

UN CORAZÓN VALIENTE

Eugenia y Demetrio se casaron a principios del siglo XX. Como miembros de la nobleza de Varsovia contaban con un excelente pasar económico, al que se sumaba la perspectiva de una herencia de bienes y tierras. Pero de un momento para el otro sucedió lo que menos esperaban: la Primera Guerra Mundial obligó a Demetrio a cumplir con su función de soldado de la corte; ello lo obligó a dejar a su esposa, que estaba embarazada, para ir al frente de batalla. Una vez allí cayó en una emboscada, y el ejército enemigo lo trasladó a un campo de concentración.

Dolor, tortura, hambre, enfermedad y muerte saturaban el aire de aquel lugar. ¡Demetrio había perdido toda esperanza de recuperar su vida! Pasaban los años, y al no recibir señales de su existencia, sus familiares lo daban por muerto. Incluso hasta los suegros le insistían a Eugenia que se casara para que la pequeña hija creciera con un padre a su lado.

Pero una noche –la peor de todas, durante el cuarto año del cautiverio– sucedió algo inesperado: una persona arrojó dentro del calabozo un pequeño ejemplar del Nuevo Testamento y desapareció inmediatamente sin dejar rastro alguno. Fue a partir de allí, bajo la tenue luz de la Luna, que Demetrio comenzó a entender el Evangelio por primera vez… ¡y al cabo de unas semanas rindió su vida a Jesucristo!

Luego de siete largos años, Demetrio y otros tres compañeros se escaparon del campo de concentración. No fue fácil, pero lo lograron. Bueno, no todos: dos de ellos fueron alcanzados por las balas enemigas y murieron en el intento. En su escape, Demetrio recorrió incontables kilómetros llenos de peligros, y finalmente pudo regresar a su país. ¡Qué indescriptible y emocionante reencuentro con Eugenia, su fiel esposa, quien siguió creyendo lo imposible! Y más importante aún: ¡Demetrio conoció a su pequeña hija de seis años!

Pero a pesar de todo, la alegría de su regreso no alcanzó para evitar otra guerra que estaba por comenzar. Los padres de Demetrio, enterados de que en su cautiverio había recibido a Cristo como Señor y Salvador, le dieron a elegir entre volver a la religión familiar y heredar su fortuna, o perderlo todo para siempre. Él no dudó ni por un segundo y respondió: -“¿Cómo podré negar al Único que me amó y me sostuvo con vida estos terribles últimos años?” Suficiente. Pocos meses después abandonó el país junto a su joven familia y emprendió un viaje sin retorno hacia América del Sur, donde comenzó de nuevo y vivió próspero y sano hasta los años dorados de la ancianidad.

Y, lo más emocionante para mí, fue descubrir que este gran hombre no fue otro más que Demetrio Czubarsky… ¡mi bisabuelo!

ENCRUCIJADAS Y DECISIONES

¡Hoy puedo disfrutar la vida eterna con Cristo en mi corazón gracias a que mi bisabuelo se jugó por Él! Alguien le predicó el Evangelio mientras estuvo preso y ¡jamás abandonó la fe revolucionaria en Jesucristo! Sin haberlo conocido en persona, su entrega al Señor influyó en el destino de mi vida, de modo que a mis cuatro años de edad –allá por 1981– tomé la misma decisión, ¡y constituyo la cuarta generación de cristianos en mi familia!

Sí, ya sé. Es más que probable que usted y yo no tengamos que enfrentar las tristezas de la guerra como lo hizo mi bisabuelo. Seguramente nunca experimentaremos en carne propia lo que siente un soldado cuando tiene que dejar a sus seres queridos para obedecer a su país y luchar contra otras personas.

Pero para poder llegar a servir al Señor de manera fructífera y con un fuego interno que nunca se apaga, todos los cristianos tenemos que llegar a la encrucijada de nuestras vidas y elegir el camino correcto. No hay autopistas rápidas, no existen atajos: hay que negar el yo, abrazar a Cristo y decidirse a transformar la humanidad con Su amor. Y para que esto sea posible tenemos que tomar decisiones valientes y audaces. ¿Cuáles?

DECISIÓN Nº 1: ¡Obedientes al Señor!

“Si ustedes me aman, obedecerán mis mandamientos”. (Juan 14.15)

No dejemos que el legalismo, ese cúmulo de prácticas exteriores que no cambia la existencia ni transforma la sociedad, cautive nuestra vida. ¡Obedecer al Señor es algo superior! Es decidir amarlo incondicionalmente, pase lo que pasare, porque Él siempre quiere lo mejor para nuestra vida

Si queremos transformar el mundo, primero tenemos que experimentar la revolución interior y traspasar el mando de nuestra vida a Jesucristo, el Señor. Ningún cristiano puede lograr algo sin obediencia a Jesús.

DECISIÓN Nº 2: ¡Apasionados por Jesucristo!

Vayan, pues, a las gentes de todas las naciones, y háganlas mis discípulos; bautícenlas en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y enséñenles a obedecer todo lo que les he mandado a ustedes. Por mi parte, yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo”. (Mateo 28.19-20)

Hace un tiempo leí algo que me fascinó: Justo González, destacado historiador latinoamericano, escribió que a principios del año 400 d.C. muchos “monjes occidentales trataron de oponerse a las injusticias y crímenes de su tiempo. Símbolo de ellos es Telémaco, el monje que se lanzó a la arena en el circo romano y detuvo un combate de gladiadores. La multitud enfurecida y supuestamente cristiana, lo mató. Pero a partir de esa fecha, y en respuesta a la acción de Telémaco, los combates de gladiadores fueron prohibidos por el emperador Honorio”.*

Al igual que entonces, en nuestro día también necesitamos actuar con hechos que produzcan cambios profundos y duraderos. Ya sea que estemos al mando de una nación o simplemente seamos un número más para las estadísticas, como hijos de Dios somos responsables de la transformación de nuestra generación.

Refiriéndose a la pasión por Jesucristo y la evangelización, alguien dijo hace algún tiempo: -“Me dices que sí, que quieres. Bien, pero ¿quieres como un avaro quiere su oro, como una madre quiere a su hijo, como un ambicioso quiere los honores o como un pobrecito sensual su placer? ¿No? Entonces no quieres”.

¡Vivamos apasionados por Jesús, en santidad y búsqueda del Señor!

DECISIÓN Nº 3: ¡Sanos y libres!

Por eso, nosotros, teniendo a nuestro alrededor tantas personas que han demostrado su fe, dejemos a un lado todo lo que nos estorba y el pecado que nos enreda, y corramos con fortaleza la carrera que tenemos por delante”. (Hebreos 12.1)

Cuando era chico me lastimé muchas veces. Es más, ¡era el campeón de los golpes, moretones y lastimaduras! Apretarme los dedos entre dos asientos, herirme la frente contra la acera por salir corriendo distraído, clavarme una astilla en la mano, lastimarme la cabeza con el vértice de mármol de una estatua en la escuela y torcerme el tobillo jugando con mis amigos, son apenas algunos ingredientes de mi anecdotario.

Pero también en varias ocasiones tuve heridas en mi interior. Sueños frustrados, amigos que dejan de serlo, sentimientos encontrados al experimentar la injusticia, errores que acarrean consecuencias dolorosas y las decisiones de otras personas han sido elementos que me han lastimado, golpeado y causado moretones en mi alma.

Es necesario hacer algo más que dejar pasar el tiempo para que las heridas de nuestro interior sanen por completo. Un soldado herido no sirve para la guerra. Pero quien realmente está comprometido con la transformación espiritual sabe que puede seguir adelante y revolucionar el mundo, experimentando la continua sanidad que proviene del Señor.

No esperemos más para dejar cualquier pecado que quiera obstaculizar nuestra vida. No dudemos ni por un instante en mostrarle nuestras heridas al Señor Jesús. ¡Corramos a la gracia y seamos libres de todo lo que nos estorba para servir a Jesucristo!

DECISIÓN Nº 4: ¡Comprometidos con la Gran Comisión!

“Y esta buena noticia del reino será anunciada en todo el mundo, para que todas las naciones la conozcan; entonces vendrá el fin.” (Mateo 24.14).

Seguramente todos conocemos de memoria el famoso texto que está en Juan 3.16. Sin embargo… ¿recordamos qué dice 1 Juan 3.16? Me gusta denominarlo como el complemento del anterior: -“Conocemos lo que es el amor porque Jesucristo dio su vida por nosotros; así también, nosotros debemos dar la vida por nuestros hermanos”. ¡Es la explicación perfecta del efecto que causa el Evangelio en una vida redimida!

Es que Dios no envió un folleto lleno de palabras desde el cielo para hablarnos de su gran amor. Él vino y habitó entre nosotros en la persona de Jesucristo hombre. Y así también padeció, murió en la cruz y resucitó al tercer día, a fin de mostrar su amor con hechos más que con simples palabras.

Nuestro Señor obedecía en todo a su Padre, estaba comprometido con la misión, “recargaba” sus “municiones espirituales” gracias al contacto diario con Dios, estaba cien por ciento libre de todo pecado, ¡y sabía que el tiempo para cumplir su propósito era corto!

Hoy, en pleno siglo XXI, Él quiere que Sus hijos e hijas actuemos con hechos que impliquen sacrificio y entrega, pues de esta manera seremos protagonistas del comienzo de un nuevo mundo. Un revolucionario del Señor sabe que no dispone de mucho tiempo para realizar la tarea, y por eso decide vivir cada momento extendiendo su Reino.

¡PODEMOS CAMBIAR EL MUNDO!

“Pelea la buena batalla de la fe; no dejes escapar la vida eterna, pues para eso te llamó Dios y por eso hiciste una buena declaración de tu fe delante de muchos testigos”. (1 Timoteo 6.12)

Cristo quiere utilizarnos como revolucionarios en un mundo que se cae a pedazos. Mediante Su Espíritu Santo prometió darnos el poder necesario para vivir y enfrentar cada día de manera triunfante, sobreponiéndonos a los problemas, las tentaciones y al enemigo en la victoria de Cristo Jesús. El Señor nos ha llamado, como iglesia, a transformar nuestras comunidades mediante el mensaje del Evangelio. ¿Estamos dispuestos?

Mientras muchos pierden el tiempo en el pesimismo, la queja y el pecado, Jesucristo nos llama a ser diligentes, comprometidos con Él y diseñar nuestra vida en torno a la misión más grande que puede tener un ser humano: ¡transformar el mundo con las Buenas Noticias de salvación!

Juntos por los senderos del pensamiento y la espiritualidad, le saluda fraternalmente su amigo y hermano,

CRISTIAN FRANCO
Buenos Aires, Argentina

miércoles, 3 de octubre de 2012

Un error común

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Este vino a Jesús de noche y le dijo: Rabí, sabemos que has venido de Dios como maestro, porque nadie puede hacer estas señales que tú haces si no está Dios con él. Juan 3.2

Es evidente que Nicodemo estaba inquieto por lo que veía en la persona de Cristo. Sus compañeros fariseos permanentemente buscaban la manera de desacreditarlo. Nicodemo, sin embargo, procuró hablarle a solas, tomando las precauciones necesarias para que no lo vieran.
La primera frase que pronunció el fariseo revela uno de los más comunes errores en nuestra cultura: creer que las buenas obras son una señal incuestionable de la presencia de Dios en la vida de una persona. Es una de las razones por lo que existe tanta confusión acerca de quiénes son verdaderamente los siervos de Dios entre nosotros. No pasa semana en la cual no converso con alguna persona que señala la abundancia de «señales» en algún ministerio, como clara evidencia de la operación del Espíritu en la vida de algún líder.
Debemos recordar que el enemigo también tiene poder para obrar milagros. Cuando Moisés se presentó delante del faraón y convirtió su vara en serpiente, los magos de la corte hicieron exactamente lo mismo. En Mateo 7.22 Cristo solemnemente advierte que en el día del juicio final se presentarán delante de él personas que le dirán: «Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros?», ¡personas que él no conoce! ¡Cuán profundamente defraudados se sentirán al escuchar de la boca de Cristo que él los llama «hacedores de maldad»!
No obstante el contenido dramático de este texto, en veinticinco años de experiencia ministerial he visto al pueblo de Dios seducido una y otra vez por este concepto. Han desfilado por la iglesia un sin número de profetas, sanadores y hacedores de milagros. Deslumbrados por sus obras, no nos detuvimos a pensar que muchos de ellos no mostraban la verdadera señal de una persona consagrada a Dios, aquella señal que el diablo no puede imitar, ni falsificar. Cristo indicó que esta señal es la ÚNICA evidencia de la obra de Dios: haber nacido a una nueva vida por la exclusiva acción del Espíritu Santo.
Es la obra soberana del Espíritu la que produce en el ser humano un corazón regenerado que se manifiesta en actitudes completamente diferentes a la de las personas que viven en tinieblas. En esa vida se podrá ver claramente el amor, el gozo, la paz, la paciencia, la benignidad, la bondad, la fidelidad, la mansedumbre y el dominio propio (Gl 5.22–23). La Palabra claramente señala que los hombres serán conocidos por estos frutos.


Para pensar:
¿Implica esto que todos los que obran milagros son indignos de nuestras confianza? ¡De ninguna manera! Dios ha dado a su pueblo acceso a todas las manifestaciones del Espíritu, incluyendo la posibilidad de obrar milagros, señales y prodigios. No debemos, sin embargo, mirar estas manifestaciones para evaluar si un ministerio es genuino, sino la vida de la persona que está detrás del ministerio. Los que caminan con Dios indefectiblemente tendrán perfume de cosas santas y se verá en sus vidas el mismo carácter del varón de Galilea.

martes, 2 de octubre de 2012

El misionero en el espejo

Sembradío de tulipanes holandeses - Tulips field
Lectura bíblica: 1 Corintios 9:16

Porque si anuncio el evangelio, no tengo de qué jactarme, porque me es impuesta necesidad; pues ¡ay de mí si no anuncio el evangelio! 1 Corintios 9:16

Nora creía que los misioneros eran señores pasados de moda, chapados a la antigua, hasta que conoció a Dan Barker. Un domingo a la mañana durante un festival misionero en la iglesia, Dan hizo arrancar el motor de su motocicleta clásica Harley–Davidson. Avanzó ruidosamente por el pasillo central para anunciar desde el frente que esa noche presentaría un mensaje interesante. Esa noche, vestido de ropa de cuero de pies a cabeza, Dan contó sus experiencias con motociclistas desde Alaska hasta Argentina con quienes había compartido las nuevas de Jesús.
De pronto, Nora se dio cuenta de que los misioneros podían ser personas fascinantes.
Los misioneros son personas como todas. Pero comprenden el mandato de Cristo a su seguidores: “Id y haced discípulos a todas las naciones” (Mateo 28:19).
Te convertiste en un misionero en cuanto confiaste en Cristo como tu Salvador. Eso no significa que tienes tomar el próximo vuelo a Tierra del Fuego. Lo que sí significa es que dondequiera que vayas y sea lo que sea que hagas, tus palabras y acciones ayudan a los demás a comprender mejor quién es Jesús.
Quizá te resulte difícil verte a ti mismo como un misionero. Dudas que seas lo suficientemente bueno, inteligente o espiritual. Si es así, recapacita en lo siguiente:

•      Dios te da el poder para hacer lo que te ordena hacer. El Espíritu Santo vive en ti, por lo tanto, tienes en ti todo lo que necesitas para la tarea.
•      Dios no espera que seas perfecto. Eres útil para Dios a pesar de tus fallas y fracasos.
•      Dios no te encarga la tarea de ser un misionero aislado. Eres sólo una parte de un mundo de creyentes. La tarea nos corresponde a todos.
•      Dios da los resultados. No depende de ti cambiar el corazón de nadie ni forzar a nadie a confiar en Cristo. Tú anuncias su mensaje a través de tus palabras y acciones, y él se hace cargo de los resultados en la vida de cada uno.

Eres enviado por Dios para anunciar las buenas nuevas de Jesucristo vayas donde vayas. Y has sido elegido como su representante a tus vecinos de al lado, tus compañeros de escuela y a la gente alrededor del mundo. ¡Qué privilegio maravilloso!
PARA DIALOGAR: ¿Qué te hace sentir saber que Dios te ha escogido para que seas su representante?
PARA ORAR: Señor, gracias por hacernos tus representantes. ¡Ayúdanos a creer que somos dignos del desafío!
PARA HACER: Habla hoy con alguien acerca de lo que Cristo ha hecho en tu vida.