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viernes, 23 de noviembre de 2012

En Él Esta La Verdadera Vida

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“En él estaba la vida, la vida era la luz de la humanidad. Esta luz resplandece en las tinieblas, y las tinieblas no han podido extinguirla.” Juan 1:4-5 (NVI)

En casos de corte de luz, todavía solemos en casa recurrir a la antigua vela para alumbrar la oscuridad reinante. Es cierto que no logra alumbrar toda la habitación. Y que no tiene un gran impacto en toda la casa. Pero se puede ver desde todo lugar. No importa en que rincón de la habitación te encuentres, vas a poder ver el haz de luz de la vela. No hay oscuridad que pueda opacarla.

Y si en una habitación completamente oscura junto oscuridad en una bolsa y la cierro. Y salgo al aire libre, donde brilla el sol y abro la bolsa, la oscuridad no va a salir de la bolsa. Es más. No va a pasar nada. La luz de día elimina todo vestigio de oscuridad. Porque es imposible que la oscuridad prevalezca en medio de la luz.

Mientras pensaba en estos conceptos, leí este texto brillante de Juan. Está hablando del Señor Jesucristo y lo presenta a sus compañeros de lectura. Para hablar de Cristo, comienza hablando de su eternidad y deidad, para luego hacer esta afirmación. El Señor Jesús es Luz, y esa Luz resplandece en las tinieblas. Y aunque para muchos, el paso de Cristo por la tierra dejó mucho que desear porque no tuvo la trascendencia que humanamente se hubiera demandado, y como dice el mismo Juan, a lo suyo vino y los suyos no le recibieron; a pesar de eso, esta afirmación es eterna. La Luz de Jesús resplandece y las tinieblas no han podido ni podrán extinguirla.

Preciosa claridad de nuestro Señor, que ilumina la más tenebrosa de tus dudas. Nada puede resistir ni ensombrecer la Luz de Jesús. Y esto me pone en un terrible compromiso. Es cierto que no tenemos luz propia, y que somos apenas un reflejo pálido de esa luz prístina de Dios. Es como comparar el sol con una vela. Es incomparable.

Sin embargo, el reflejo de la Luz del Señor es nuestra vida no está condicionado por la fuerza del agente emisor, sino por la trasparencia del agente reflector. Es decir, tuya y mía. Por eso es que algunos cristianos se parecen tanto a Cristo y otros, son una sombra. Que tu luz sea una vela, para que pueda verse siempre en cualquier rincón de tu comunidad.

REFLEXIÓN – Tienes la Luz de Jesús, reflejala.

Un gran abrazo y bendiciones

miércoles, 21 de noviembre de 2012

Arrepentimiento de corazón

Un perro muy curioso mirando el paisaje en las montañas - Cute dog washing the natural landscape

Ahora, pues, dice Jehová, convertíos ahora a mí con todo vuestro corazón, con ayuno, llanto y lamento. Rasgad vuestro corazón y no vuestros vestidos, y convertíos a Jehová, vuestro Dios; porque es misericordioso y clemente, tardo para la ira y grande en misericordia, y se duele del castigo. Joel 2.12–13

Siempre corremos el peligro de que se apodere de nuestras vidas la religiosidad que tanto atrae a los seres humanos. Ella nos ofrece una conciencia tranquila a cambio de algunas prácticas que, «en teoría», satisfacen las demandas del Señor. La Palabra, no obstante, señala que fuimos llamados a una relación de intimidad con Dios. No podemos cultivar con nadie una relación significativa si la limitamos a algunos pocos ejercicios rutinarios. Las relaciones más profundas son el fruto del esfuerzo y la dedicación de un compromiso cultivado en el corazón.
Es a este nivel de compromiso que apunta el profeta Joel cuando comunica a Israel un mensaje de parte de Dios: «Rasgad vuestro corazón y no vuestros vestidos». El único arrepentimiento que realmente vale, en lo que respecta a la vida espiritual, es aquel que transforma la dureza de nuestros corazones y produce en nosotros un verdadero quebranto por el pecado. Es el que va acompañado, como señala el texto de hoy, por ayuno, llanto y lamento. Es decir, es la manifestación de una verdadera congoja interior.
Quien posee una mínima comprensión de los procesos espirituales en la vida del hombre sabe bien que esta clase de arrepentimiento no lo puede producir ninguna persona. Más bien es el resultado de una acción soberana de Dios. Así le ocurrió a Isaías cuando vio al Señor sentado en su santo templo (Is 6.1–13), o a Pedro, cuando se postró a los pies de Jesús, proclamando su condición indigna delante del Hijo de Dios (Lc 5.8). Solamente el Señor puede generar un genuino arrepentimiento espiritual (2 Ti 2.25).
Debemos preguntar, entonces, ¿cuál es nuestra responsabilidad en el proceso, si nosotros no podemos producir ese quebranto interior que Dios busca?
En primer lugar, debemos rechazar toda perspectiva trivial del arrepentimiento. A veces, en nuestras oraciones, hacemos algunas declaraciones tales como: «Señor, te pido perdón por cualquier pecado que pueda haber cometido contra tu persona». Tales expresiones son muy generales como para tener algún valor. El pecado es un asunto demasiado serio como para encerrarlo en una sola frase.
En segundo lugar, si sabemos que el arrepentimiento es el resultado de una acción del Espíritu de Dios, nos compete crear los espacios y momentos durante el día para que se pueda producir la revelación que conduce al arrepentimiento. Es decir, tenemos que permitir que el Espíritu examine nuestros corazones y traiga a la luz aquellos asuntos que ofenden al Señor. Solamente con pedir discernimiento podremos comprobar cuánto anhela limpiarnos el Señor, pues no tardará en responder a nuestro pedido.
En tercer lugar, debemos saber que el verdadero arrepentimiento va a acompañado de señales externas que no pueden ser fabricadas: el quebranto, el lamento y las lágrimas. Tales señales pueden ayudarnos a diferenciar un arrepentimiento superficial de aquel que viene de lo más profundo de nuestro corazón. Procuremos, pues, la cercanía con Su persona que produce en nosotros un corazón sensible y humilde.


Para pensar:
«El arrepentimiento implica mucho más que pedirle perdón a Dios». Anónimo.


Shaw, C. (2005). Alza tus ojos. San José, Costa Rica, Centroamérica: Desarrollo Cristiano Internacional.

martes, 13 de noviembre de 2012

Una convicción inamovible

paisaje
Aunque él me mate, en él esperaré. Ciertamente defenderé delante de él mis caminos, y él mismo será mi salvación, porque el impío no podrá entrar en su presencia. Job 13.15–16

Esta declaración de Job revela una de las razones por las cuales el Señor lo describe como un «varón perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal» (Job 1.8). En ella podemos encontrar la base de una vida de grandeza para con los asuntos del reino.
Job hace esta confesión luego de un prolongado intercambio entre él y sus tres amigos que habían llegado a consolarlo: Elifaz, el temanita, Bildad, el suhita, y Zofar, el naamatita (Job 2.11). Ellos guardaron silencio por siete días; pero luego se sintieron con autoridad para explicarle a Job la razón de las calamidades que habían sobrevenido a su vida. Con la misma convicción que poseen algunos líderes en nuestros tiempos, estos tres creían que el sufrimiento de Job estaba directamente relacionado con algún pecado oculto en la vida de su amigo. «Los que andan en integridad», afirmaban ellos, «no pasan malos momentos». No hace falta que hagamos referencia a lo errado de esta postura, pues hasta el mismo Hijo de Dios pasó por el fuego refinador del sufrimiento (Heb 5.8).
Algunas traducciones de este versículo cometen una injusticia con Job, pues dan a entender que él estaba diciendo: «Aunque Dios me mate, no voy a cambiar de opinión». Esta postura, no obstante, no refleja el espíritu humilde y temeroso que caracterizaba a este varón de Dios. Más bien delata una actitud de soberbia y obstinación.
La verdad es que Job no entendía cuál era la razón de la desgracia que había venido sobre él y su familia. Creo que nosotros, aun teniendo acceso al increíble intercambio entre Dios y Satanás en el primer capítulo, tampoco entendemos realmente por qué ocurrió lo que ocurrió. Sabemos que Dios quiso demostrar algo, pero si miramos la situación con ojos humanos nos parece cruel la actitud del Altísimo. Esto es precisamente lo que nos diferencia de la persona de Job. Él creía que Dios era justo y bueno, aunque actuaba de maneras completamente incomprensibles.
De hecho, la lectura del libro revela que Job estaba confundido por lo que había pasado. En medio de esa confusión, sin embargo, existe esta certeza: «Aun si llego a perder mi vida, sé que Dios no obrará injustamente conmigo. Él es bueno y recto y recompensa a todos los que esperan en él». Esta convicción inamovible constituye el fundamento sobre el cual se construye una vida de fe que agrada a nuestro Padre celestial. En esta tierra nos tocará transitar por muchísimas situaciones de sufrimiento y angustia. Mas algo que no debe cambiar nunca en nosotros es la convicción de que nuestro Dios es bueno y justo. Aunque todas las evidencias parezcan señalar algo diferente, sabemos que él jamás perpetrará una injusticia, ni se hallará mal alguno en su persona.


Para pensar:
Cuando esta convicción se convierte en la roca de nuestra fe podemos encarar la vida de otra manera. ¿Pasaremos por sufrimiento? ¡Por supuesto que sí! Pero ya no sufriremos el tormento y la angustia que padecen aquellos que creen que Dios los ha abandonado. Aun en medio de las lágrimas podremos decir: «Yo sé que mi Padre es bueno y que no existe en él injusticia alguna».


Shaw, C. (2005). Alza tus ojos. San José, Costa Rica, Centroamérica: Desarrollo Cristiano Internacional.

miércoles, 7 de noviembre de 2012

¿Quién me está tapando la luz?

Vuela bajo el cielo y sobre el mar, en la búsqueda contínua de tu libertad.

Lectura bíblica: 1 Tesalonicenses 5:5, 6
Todos vosotros sois hijos de luz e hijos del día. 1 Tesalonicenses 5:5

Mauricio, el hermano mayor de Mara, estaba orgulloso de su Mustang convertible clásico, modelo 1967. Pero no lo mantenía limpio, así que un amigo escribió en la tapa del motor: “Límpiame”, y al hacerlo, rayó la pintura con la uña. Mauricio le pegó unos buenos gritos a su amigo por haberle rayado el auto.
Un día, camino a casa volviendo del trabajo, un camión que lo pasó le salpicó el parabrisas que quedó cubierto de barro. No tendría que haber sido un problema, pero a Mauricio se le había acabado el fluido limpiaparabrisas. Aunque trataba de ver por dónde iba, no podía ver el camino a través del parabrisas lleno de barro. Accidentalmente giró a la izquierda y se encontró con que iba de contramano. Por suerte no venía ningún auto que hubiera causado un choque de frente.
A veces hay gente que es como el camión que salpica barro. Estás andando por la vida y de pronto un enemigo te ensucia. Tus amigos son como el muchacho que rayó el auto. Pueden rayarte con sus palabras hasta que realmente duele. A veces el dolor es causado por alguien cerca tuyo.

•      Un familiar te trata como si no valieras nada.
•      Un amigo te evita, te ignora, te hostiga o se burla de ti.
•      Un compañero de escuela te llama cosas como “perdedor”, “retardado” o “torpe”.

Ese tipo de barro bloquea de tu vida la luz de Dios. Dios te ve digno de ser amado, valioso y capaz, pero cuanto más barro te salpique la gente, más difícil te resulta ver la verdad de Dios acerca de quien eres. Cuando te sientes lastimado, es posible que ataques tirando barro a todos los que te rodean, o que te desvíes del camino.
Si te resulta difícil verte digno de ser amado, valioso y capaz, puede que sea porque la verdad de Dios ha sido bloqueada de tu vista por personas que tapan la verdad de tu verdadera identidad. ¿Puede estar pasándote esto? Pregúntate:

•      Las personas con las que paso más tiempo, ¿me ven como me ve Dios?
•      Mis amigos, ¿refuerzan lo que la Biblia dice de mí?
•      Estas personas, ¿reflejan el amor de Cristo por mí?

Si las personas que tienes más cerca siguen tirándote barro, te resultará difícil ver más allá del fango para poder captar el concepto que tiene Dios de ti. En ese caso, ocuparte de tener las personas apropiadas a tu alrededor es como llenarte del fluido limpiaparabrisas de Dios. Es lo que necesitas para quitarte las obstrucciones que te impiden ver.
PARA DIALOGAR: ¿Te ven tus amigos como te ve Dios? ¿Ha llegado el momento de cambiar de amigos?
PARA ORAR: Señor, ayúdanos a elegir los amigos apropiados para que tu luz inunde nuestra vida.
PARA HACER: Si le tiras barro a los demás —si dices o haces algo que expresa que no son dignos de ser amados, valiosos y capaces— deja de hacerlo hoy.


McDowell, J., & Johnson, K. (2005). Devocionales para la familia. El Paso, Texas: Editorial Mundo Hispano.

domingo, 4 de noviembre de 2012

En Él Esta La Verdadera Vida

En Él Esta La Verdadera Vida


“En él estaba la vida, la vida era la luz de la humanidad. Esta luz resplandece en las tinieblas, y las tinieblas no han podido extinguirla.” Juan 1:4-5 (NVI)

En casos de corte de luz, todavía solemos en casa recurrir a la antigua vela para alumbrar la oscuridad reinante. Es cierto que no logra alumbrar toda la habitación. Y que no tiene un gran impacto en toda la casa. Pero se puede ver desde todo lugar. No importa en que rincón de la habitación te encuentres, vas a poder ver el haz de luz de la vela. No hay oscuridad que pueda opacarla.

Y si en una habitación completamente oscura junto oscuridad en una bolsa y la cierro. Y salgo al aire libre, donde brilla el sol y abro la bolsa, la oscuridad no va a salir de la bolsa. Es más. No va a pasar nada. La luz de día elimina todo vestigio de oscuridad. Porque es imposible que la oscuridad prevalezca en medio de la luz.

Mientras pensaba en estos conceptos, leí este texto brillante de Juan. Está hablando del Señor Jesucristo y lo presenta a sus compañeros de lectura. Para hablar de Cristo, comienza hablando de su eternidad y deidad, para luego hacer esta afirmación. El Señor Jesús es Luz, y esa Luz resplandece en las tinieblas. Y aunque para muchos, el paso de Cristo por la tierra dejó mucho que desear porque no tuvo la trascendencia que humanamente se hubiera demandado, y como dice el mismo Juan, a lo suyo vino y los suyos no le recibieron; a pesar de eso, esta afirmación es eterna. La Luz de Jesús resplandece y las tinieblas no han podido ni podrán extinguirla.

Preciosa claridad de nuestro Señor, que ilumina la más tenebrosa de tus dudas. Nada puede resistir ni ensombrecer la Luz de Jesús. Y esto me pone en un terrible compromiso. Es cierto que no tenemos luz propia, y que somos apenas un reflejo pálido de esa luz prístina de Dios. Es como comparar el sol con una vela. Es incomparable.

Sin embargo, el reflejo de la Luz del Señor es nuestra vida no está condicionado por la fuerza del agente emisor, sino por la trasparencia del agente reflector. Es decir, tuya y mía. Por eso es que algunos cristianos se parecen tanto a Cristo y otros, son una sombra. Que tu luz sea una vela, para que pueda verse siempre en cualquier rincón de tu comunidad.

REFLEXIÓN – Tienes la Luz de Jesús, reflejala.

Un gran abrazo y bendiciones

viernes, 2 de noviembre de 2012

No hay que ver para creer

ver para creer
Lectura bíblica: Mateo 28:1–7

No está aquí, porque ha resucitado, así como dijo. Mateo 28:6

Un hombre y una mujer en guardapolvos blancos entran en un laboratorio. Ella sostiene una tablilla y un lápiz, él sujeta un objeto blanco pequeño y rectangular. El hombre coloca el objeto blanco en un pequeño tanque de vidrio lleno de agua que primero se hunde y luego vuelve a la superficie. La mujer apunta algo en su tablilla. El hombre empuja otra vez el objeto hasta el fondo. Éste vuelve nuevamente a la superficie. La mujer apunta algo más en su tablilla.
Después de hacer esto repetidamente, los científicos llegan a una sorprendente conclusión: La barra de jabón de la marca X flota. Lo han comprobado científicamente.
Cierto o falso: La única manera de comprobar que una información sea verdad es por medio de experimentos científicos.
Esto es totalmente falso. El método científico es una gran herramienta para aprendizaje, pero no es la única manera de probar algo.
Si los experimentos científicos fueran la única manera de arribar a la verdad, entonces no podríamos comprobar que José de San Martín fue el libertador de Argentina, Chile y Perú, o que Simón Bolívar juró dedicar su vida a la independencia americana. Pero por el hecho que no se puedan comprobar en un laboratorio, no significa que no fueran verdad. Pueden comprobarse por medio de un tipo distinto de evidencias.
Es el tipo de prueba presentada todos los días en los tribunales de justicia alrededor del mundo, y es el único tipo de prueba que se aplica a eventos históricos. Entonces, ¿cómo podrías comprobar que San Martín y Bolívar se dedicaron a lograr la independencia de naciones sudamericanas?
Si pudieras encontrar testigos oculares, los entrevistarías. Eso se llama “testimonio oral”. Juntarías copias de cartas que escribieron San Martín y Bolívar, de periódicos que reportaban sus actividades y libros acerca de ellos. Eso se llama “testimonio escrito”. Mostrarías objetos como sus espadas, fotografías de ellos y del lugar donde nacieron. Eso se llama “evidencia física”. Con ese cúmulo de evidencias, nadie tendría problema en creer en José de San Martín y Simón Bolívar.
Eso se denomina método de comprobación basado en “las evidencias” o en lo “histórico”, y es el método por el que podemos comprobar la resurrección de Cristo. No podemos obtener ninguna evidencia oral, porque no tenemos acceso a nadie que vivió en el siglo I. Pero tenemos en la Biblia las evi dencias escritas de los discípulos y la evidencia física de la tumba vacía.
Tu fe en Cristo no es ciega. No es necia. La vida y el ministerio de Jesús, sus milagros y su resurrección pueden ser comprobados, y de hecho lo han sido. Puedes estar seguro de lo que crees, ¡por las evidencias!
PARA DIALOGAR: ¿Qué le responderías a alguien que dice que no puedes comprobar las verdades de la fe cristiana?
PARA ORAR: Señor, gracias por darnos una fe de la que podemos estar seguros.
PARA HACER: A modo de repaso, pregúntense unos a otros hoy o mañana: ¿Cuáles son las tres clases de testimonio que cuentan para el método de comprobación basado en “las evidencias”?


McDowell, J., & Johnson, K. (2005). Devocionales para la familia. El Paso, Texas: Editorial Mundo Hispano.